Reventa, achatarrado, entrega o destrucción: el inventario de activos que decide el coste de un vaciado

Reventa, achatarrado, entrega o destrucción: el inventario de activos que decide el coste de un vaciado

La pregunta que más nos hacen por teléfono es cuánto cuesta vaciar una nave, y la respuesta honesta es que depende de una cosa que todavía no se ha hecho: el inventario. Una nave llena no es un volumen homogéneo que se pesa y se retira. Es un conjunto de partidas con destinos distintos, y decidir bien esos destinos puede cambiar el signo del presupuesto. Hay vaciados que salen caros porque casi todo es residuo mezclado, y hay vaciados que salen mucho más baratos de lo que el titular temía porque dentro había material con valor que nadie había mirado con atención.

Los cuatro destinos posibles

Trabajamos con una clasificación deliberadamente simple, porque una taxonomía complicada no se aplica en obra.

Reventa. Todo lo que tiene mercado de segunda mano tal cual está: maquinaria funcional o reparable de marcas con recambio, racking completo y sin deformación, carretillas y transpaletas, compresores, equipos de taller, mobiliario de oficina en buen estado, material de almacén técnico nuevo y referenciado. Su valor no se parece al del peso: una bomba nueva en su caja vale muchísimo más que su equivalente en acero.

Achatarrado. Lo que ya solo vale por material. Aquí la clave es la separación en origen: el metal clasificado por familias —férrico, aluminio, cobre, acero inoxidable— cotiza sensiblemente mejor que el mismo metal mezclado en un contenedor, y esa diferencia es del cliente, no del proveedor. Mezclarlo es cómodo y sale más caro para quien paga el vaciado.

Entrega a entidad receptora. Material que sigue siendo útil y que, cuando el titular lo autoriza, puede continuar en uso en lugar de convertirse en residuo. No lo planteamos como un argumento moral ni como un reclamo: es simplemente una salida más entre cuatro, y la decisión es del titular.

Destrucción certificada. Lo que no puede salir de la empresa aunque esté en perfecto estado: stock con marca, moldes y utillaje propio, prototipos, documentación en papel, discos y equipos informáticos. Aquí lo que se compra no es la retirada sino la prueba de que aquello ya no existe. En empresas con marca propia esta partida suele ser la razón principal para contratar a alguien en vez de resolverlo por libre.

Qué se mira en un inventario que sirve para algo

Un inventario útil no es una lista de bultos. De cada partida relevante interesa saber qué es y de qué marca y serie, en qué estado está, si funciona o cuándo dejó de hacerlo, si está anclada o es móvil, qué medios hacen falta para sacarla y por dónde saldría. Ese último dato es el que más se olvida y el que más veces obliga a rehacer un plan: hay máquinas que no pasan por la puerta que las vio entrar porque después se construyó un altillo, una tabiquería o un cuarto técnico delante.

En un almacén técnico —muy habitual en empresas auxiliares de la industria— el inventario cambia de naturaleza. Ahí no se cuentan bultos, se cuentan familias de referencias: rodamientos, correas, bombas, motores, reductores, válvulas, cable, tornillería. Mucho de ese material está nuevo y referenciado y tiene un mercado propio, pero solo si alguien lo separa en lugar de volcarlo. Es la partida que más veces convierte un vaciado costoso en uno razonable.

Por qué el inventario debe estar firmado

Aunque el titular sea el dueño absoluto de todo lo que hay dentro, conviene que la lista esté firmada por las dos partes antes de empezar. Evita la discusión posterior sobre si algo estaba, y sobre todo evita la duda incómoda de qué se hizo con determinada máquina. En un procedimiento concursal el inventario firmado no es una recomendación sino una pieza del expediente, y la administración concursal necesita distinguir con claridad qué era masa activa —susceptible de realización— y qué era residuo.

Cómo se traduce el inventario en un precio

Con la lista hecha, el cálculo deja de ser una adivinanza. Por un lado están los costes: horas de equipo, medios de elevación, número de viajes, contenedores por tipo de residuo, gestión documental y trabajos de reposición del pavimento. Por otro está el valor recuperable estimado de las partidas de reventa y de achatarrado. La oferta es la diferencia, y conviene que aparezcan las dos columnas y no solo el resultado, porque así el titular puede decidir con criterio: quizá prefiere quedarse una máquina, vender él mismo el racking o autorizar la entrega de una partida en lugar de achatarrarla.

Cuando el valor recuperable llega a cubrir el coste, el vaciado puede salir a coste cero. Eso ocurre y se dice antes de empezar, con la lista delante. Lo que no hacemos es anunciarlo de entrada como reclamo comercial para entrar por la puerta y renegociar a mitad de obra, que es una práctica extendida en este sector y la razón por la que mucha gente desconfía.

Lo que el inventario deja fuera a propósito

Hay partidas que aparecen en el recorrido y que salen del alcance en ese mismo momento: fibrocemento en cubiertas o anexos, aceites hidráulicos y de corte, taladrinas, disolventes, envases contaminados, gases refrigerantes de cámaras y climatización, baterías industriales. Se identifican, se anotan y se derivan a empresa autorizada para ese tratamiento. Ponerlas en la lista sin más y retirarlas con el resto no es un atajo: es un problema con nombre y con expediente.

El orden importa

Inventariar antes de retirar parece una obviedad y sin embargo casi nunca se hace, porque el impulso natural cuando hay una fecha encima es empezar a sacar cosas. La consecuencia de ese impulso es siempre la misma: material con valor que se va en el primer contenedor, discusiones posteriores sobre lo que había y un titular que nunca sabrá si el precio que pagó era razonable. Media jornada de lista bien hecha es, con diferencia, la media jornada más rentable de todo el proceso.

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